Hay vestidos que nacen de una emoción muy fuerte, y este fue uno de ellos. Lo diseñé para un día inolvidable: la boda de mi prima hermana, en la que tuve el enorme honor de ser su testigo. Desde el primer momento supe que quería crear algo especial, elegante y con alma, algo que reflejara lo que ella significa para mí y que me hiciera sentir cómoda, guapa y única.
Tenía claro que quería un vestido largo, pero al ser una boda de día, también quería darle un aire más fresco, joven y diferente. Así que comencé por una silueta ajustada, de esas que marcan las curvas y realzan la figura, con escote en pico que resaltaba el pecho de manera sutil, acompañado de pinzas para que se ajustara a la perfección.
Uno de los grandes protagonistas del vestido fue la espalda: un gran escote que aportaba sensualidad y mucha presencia. Para que no se abriera demasiado al moverme, añadí una lazada fina en el mismo tejido, que aportaba seguridad sin perder elegancia.
El tejido que elegí fue amor a primera vista: un raso satinado azul marino con brillo especial, que tenía fuerza, pero al mismo tiempo una caída preciosa. Sin embargo, al ver todo el vestido en ese tejido, sentí que le faltaba algo, que era demasiado sobrio para lo que yo quería transmitir. Así que me atreví a hacer algo diferente: corté el bajo del vestido con un patrón asimétrico y lo convertí en un vestido corto, mucho más favorecedor y original. Este patrón, por cierto, ya está en mi lista para repetirlo… ¡porque sienta genial!
Pero claro, de querer un vestido largo… ¡pasé a uno cortísimo! Y fue entonces cuando surgió la idea que cambió todo: añadir una capa inferior en organza brillante, en el mismo tono azul, que alargara visualmente el vestido, pero con ese juego de transparencias y movimiento que lo hacía completamente especial. El contraste entre ambos tejidos fue mágico y le dio ese punto de juventud, sensualidad y tendencia que buscaba.
Y como siempre me pasa, sentía que aún le faltaba un toque más personal, algo que lo hiciera único para ese día tan simbólico. Con retales de la organza, creé dos flores para colocar en el tirante del vestido, una más grande y otra más pequeña, representando la unión entre mi prima y yo. Era mi forma de decirle: “Aquí estoy, floreciendo contigo en este día tan importante”. Un pequeño gesto que para mí lo fue todo.
Pero aún faltaba un detalle esencial: el bolso. Para completar el look, diseñé un bolso exclusivo, tomando como base el modelo Julys, pero versionado a mi manera. Le añadí varios ollaos dorados, ese elemento que tanto representa mi marca, y que le dio un toque atrevido, original y con mucha personalidad. Ese accesorio fue el broche de oro que cerró un look con historia y esencia 100% Irocle.
Ese vestido fue mucho más que una prenda. Fue un reflejo de nosotras, de nuestra historia, de la emoción de un día irrepetible. Y sí, me enamoré por completo del diseño, del proceso y de lo que significaba llevarlo.







